10 jun. 2011

Seoul

Ewha Womans University | Seoul, Corea | Fotografía de Julen Asua
Corea del Sur es una isla que está unida a un continente. Limita al este con el Mar de Japón, al sur con el estrecho de Corea que lo separa de su vecino nipón, al oeste con el Mar Amarillo y al norte con un muro impenetrable de acero... sin puertas, ni ventanas, ni accesos, ni grietas, ni fisuras, ni imperfecciones. Corea debería funcionar como una península, pero la realidad política existente con su homónimo norteño hacen que se comporte como un territorio insular condenado a no poder despegarse jamás de ese muro ciego que resulta tan infranqueable o más que cualquiera de los océanos y mares de la tierra.

Llevábamos mucho tiempo queriendo descubrir este país pero no imaginábamos que nos iba a sorprender tanto. Llegamos a Seoul con una idea de ciudad en la cabeza muy diferente a la realidad que nos encontramos una vez allí. Es curioso cómo imaginamos los lugares que no conocemos. Involuntariamente, uno no puede evitar dibujar en su mente bocetos borrosos e imperfectos de esa ciudad a la que todavía no tiene el gusto de conocer personalmente. Y según uno va recorriéndola, esos apuntes mentales van completándose y corrigiéndose poco a poco. Van tomando forma. Van dibujándose solos.


Seoul es una colección de rincones especiales y de microarquitecturas anónimas capaces de "hacer ciudad". Es un paraíso de la cultura y del arte bien entendido. Es una escalera que se pierde por los tejados haciéndonos viajar sin rumbo por el peculiar reino de los gatos callejeros. Es una terraza donde pensar. Es un sitio tranquilo donde poder reconciliarse con el diseño, el arte y la arquitectura, siempre en compañía de una Cass bien fría que sabe escuchar como nadie. Es un escenario urbano plagado de conceptos pintoresquistas que hacen que uno no pueda dejar de querer ver qué sorpresa le deparará la siguiente calle. Es una melodía con ritmos del norte de Europa escritos sobre una partitura made in Japan. Es una ciudad plagada de montañas y atalayas a las que uno siente la necesidad de subir... asomarse... y observar... Es un hervidero de historias a pie de calle contadas por ciudadanos que tienen mucho que decir. Es una colección de sonrisas. Es un mapa perfecto de armonía y almas vivas. Pero sobre todo, Seoul está totalmente contaminado por detalles agradables en los que apetece detener los sentidos durante un instante... y volver a mirar... y volver a escuchar... y volver a tocar... Una medicina perfecta para recuperar aquella confianza en el buen hacer del ser humano, que muchas veces uno da por perdida.

Seoul fue catalogada en 2010 como la Capital Mundial del Diseño y a pesar de que habitualmente este tipo de galardones no son más que campañas de marketing metropolitano y pantomimas para incrementar el turismo, en este caso hemos de reconocer que el premio está muy merecido.


Lo mejor que tiene la ciudad es que el diseño no está prefabricado. No es una capa de maquillaje realizada ex profeso para realzar tontamente una serie de valores inexistentes. No es un vestido de seda para una mona. No es simplemente un acto organizado para transformar la realidad en algo imaginario. El diseño agradable, sincero y humano está impregnado en cada calle y en cada rincón. Esto nos sorprendió bastante porque habitualmente cuando se habla de una tienda de diseño, de un restaurante de diseño o de una ciudad de diseño, uno ya se conoce el discurso y los trucos baratos de revista de tendencias. Uno espera llegar allí y entrar en una especie de nave espacial blanca, pura, excéntricamente higienista, sin alma, sin continente y habitualmente sin contenido. Es algo parecido a lo que se sentiría al entrar en la casa de la hermana de monsieur Hulot en la película de Mon Uncle de Tati. El modernismo mal entendido. La ausencia de cualquier elemento humano. El vacío. La nada. La incomodidad y el absurdo como imagen de un progreso y una contemporaneidad que brilla por su ausencia. El diseño por el mero hecho de que "las cosas molan más si parecen sobrediseñadas, son caras, incómodas, desagradables para el espíritu y están (cómo no) pintadas de blanco".


Pero esto no ocurre en Seuol. Sus habitantes se han convertido en los artesanos de un urbanismo a pequeña escala, regalando a la ciudad espacios y lugares sinceros, cargados de emoción y plagados de millones de detalles fenomenológicos. Han logrado implantar un alma única en las calles de su ciudad.


Respecto a la arquitectura hay mucha y de alta calidad, no sólo constructivamente hablando sino también en lo referente a la escala y la implantación urbana. No nos gusta demasiado viajar como locos buscando tal o cual edificio como si se tratase de una maratón de estrellas del espacio o como si fuéramos adolescentes que siguen a sus ídolos por los hoteles en los que se alojan para gritarles desesperadamente al oído, pero en Seoul resulta inevitable toparse con arquitecturas de todo tipo y condición, desde los edificios anónimos que salpican todo el entramado urbano hasta los hitos de las archiconocidas figuras del panorama arquitectónico. Respecto a este último punto, nos gustaría señalar que nos horrorizó el híbrido edificio-parque de Zaha Hadid en Dongdaemun (aunque estaba todavía en construcción y habrá que otorgarle el beneficio de la duda); nos causó bastante indiferencia el Leeum Samsung Museum of Art en Itaewom, compuesto por tres edificios (de Rem Koolhaas, Mario Botta y Jean Nouvel) que no pegaban ni con cola y competían entre ellos para ver "quién es el que la tiene más grande"; y nos emocionó el edificio de Dominique Perrault en la Universidad de Mujeres de Ewha. Eso sí, queremos matizar que la ciudad respira gracias otros detalles arquitectónicos seguramente menos mediáticos que los ejemplos anteriores. Ahí es, en nuestra humilde opinión, donde se encuentra la verdadera magia de está capital asiática.


Disfrutamos como niños recorriendo el impresionante parque lineal urbano que se desarrolla a orillas del arroyo Cheonggyecheon. Saboreamos la deliciosa comida coreana en los innumerables restaurantes y puestos callejeros que surgen por todos los rincones. Dormimos en dos sitios bien diferentes: primero en uno de los millones de Love Hotels que iluminan con sus luces de neón las calles del barrio de Jongno-gu y después en una casa tradicional del céntrico barrio de Buchon, regentada por una señora encantadora y su precioso perro, que por unos cuantos Wons te ofrecían un pack compuesto por una agradable conversación, sonrisas sinceras, un patio de película, un cómodo colchón y un viaje en el tiempo a épocas antiguas. Vimos la ciudad desde dos atalayas diferentes, la Torre de Seoul al sur y la montaña que se alza junto a Buchon al norte. Visitamos los palacios de Changgyeonggung, Ch'angdokkgung y Gyeongbokgung. Salimos por la noche para saborear de primera mano el animadísimo ambiente universitario nocturno. Y recorrimos los ajetreados barrios de Insa-dong y Namdaemun, Itaewon y Gangnam.


Aunque, como ocurre siempre, lo más enriquecedor del viaje fue entrar en contacto con las personas y recibir su cordialidad, sus sonrisas y su amabilidad extrema. Los coreanos nos han dejado sin palabras. Son absolutamente geniales. No podemos añadir más.


Esperamos poder regresar en un futuro a Corea del Sur, pero nos gustaría contar con más tiempo para poder sumergirnos de lleno en el resto del país y llegar a conocer en profundidad cada uno de los rincones con los que cuenta esta maravillosa isla irreal que descansa flotando en uno de los puntos más remotos del lejano oriente, entre China y Japón. Completando la temible trilogía de los Dragones Asiáticos.