22 sept. 2013

La Paradoja Neverland

Yo la bauticé como la Paradoja Neverland aunque entre los prestigiosos y selectos círculos científicos ésta patología vírica social es también conocida como el Efecto Fussy.



El Efecto Fussy es una enfermedad crónica derivada del contacto directo con un agente infeccioso de tipo vírico y altamente contagioso. El virus se transmite de expatriado a expatriado principalmente por el aire, en las gotitas de saliva y secreciones nasales que se expulsan al toser, al hablar o al estornudar. El período de incubación varía de 2 a 21 días aunque se han registrado casos en los han transcurrido varios meses antes de la aparición de los primeros síntomas. Pasado este tiempo, el Sistema Escrupular del sujeto portador se descontrola, experimentando una aceleración anormal de sus niveles de imbecilidad y tiquismitismo, hasta el punto que el expat infectado comienza a volverse exponencialmente gilipollas de manera directamente proporcional a la distancia que le separa de su país de origen.

Una enfermedad vírica que se propaga de manera devastadora. Una epidemia incontrolable cuyo virus no es letal, pero sí terriblemente contagioso. Un peligro pandémico que acecha en cada esquina y del que ningún extranjero se encuentra a salvo.

La formulación resumida de la Paradoja Neverland es muy clara: “En condiciones normales de presión y temperatura, todo aquel expatriado (preferentemente de origen español) que llega a la República Popular China con intención de establecerse a corto o medio plazo con un objetivo laboral, sufre instantáneamente una alteración severa e irreversible de su comportamiento, mentalidad, idiosincrasia y actitud, que tiene como resultado una amnesia fulminante acerca de su verdadero país de origen, acompañada del autoconvencimiento automático de que realmente proviene de Suiza, de Arcadia, de Narnia, de Rivendel, del país de Nunca-Jamás o de cualquier otro lugar idílicamente perfecto y maravillosamente civilizado.”

Y os puedo asegurar que esto se cumple a rajatabla en un porcentaje increíblemente alto de los expats que viven y trabajan en China. 



Pareciera como si, inmediatamente después de poner un pie en suelo chino, todos nosotros estuviésemos plenamente convencidos de que venimos de maravillosos y bucólicos países de cuento de hadas donde las cosas funcionan con la exactitud de un reloj suizo. En el mundo del que venimos, la palabra imperfección no figura en los libros ni en los diccionarios; a nuestro alrededor todo está perfectamente brillante y limpio como la patena, todo está dispuesto y ordenado al milímetro y todo huele a arena removida por la lluvia, a hierbabuena y a sándalo; nadie es desagradable, mezquino ni hipócrita con nadie; las personas se respetan por defecto y reina la paz, la armonía y la buena educación; los pajaritos cantan bellas melodías a todas horas mientras revolotean alegremente sobre nuestras cabezas y nos observan con dulzura; los ciudadanos se miran a los ojos, sonríen constantemente, se respetan los unos a los otros y se quieren con locura; no hay agresiones, ni crispación, ni ruido, ni suciedad; y la vida es tan sumamente bella que cuesta contener las lagrimas de emoción al contemplar aquellas vastas praderas verdes iluminadas por el cálido sol de la mañana, que conforman el paisaje en el que desarrollamos diariamente nuestras vidas. 



Porque todos tenemos esa extraña sensación de que provenimos de países que “ya están hechos y funcionan bien”. Porque todos venimos de Suiza. Porque todos nosotros venimos de Neverland.



Y claro: Llegamos a China y todo nos toca los cojones.



Y es que los chinos escupen en el suelo. Sí. Es cierto. Y hacen un ruido irreproducible y desagradable cuando sorben los noodles y cuando mastican con la boca abierta; y todo está sucio y huele raro; y la mayoría de las cosas no funcionan bien o directamente no funcionan; y la gente habla con la boca llena y eructan a escasos centímetros de tu oreja; y escupen, y escupen y vuelven a escupir; y se agolpan dando empujones a las puertas del autobús cómo si fuera el único transporte que hubiese pasado por allí en cientos de años; y se cuelan en las filas sin pudor, sin ningún tipo de remordimiento ni vergüenza, a codazo limpio; y se visten de manera extravagante y en ocasiones ridícula; y escupen más y más veces; y algunos no tienen modales, ni miramientos hacia los demás, ni saber estar, ni un mínimo de respeto hacia el prójimo; y hacen todo ese tipo de cosas que nosotros, las personas que nos consideramos civilizadísimas y educadas a más no poder porque venimos de lugares perfectos y maravillosos, no podemos tolerar porque alteran nuestra existencia hasta límites difícilmente soportables. 


¡Ah! Y por si no había quedado bien claro: escupen. Escupen constantemente. Sin cesar.

Y ante todo éste panorama desolador e insoportable, los expats nos quejamos hasta el hastío mientras añoramos nuestras anteriores vidas élficas repletas de perfección y armonía en los pacíficos y soleados bosques de Rivendel. Allá donde todo funciona. Allá donde todo es perfecto.

Y quien dice Neverland o Rivendel, dice España. (Contengan las carcajadas, por favor. Prosigamos)
Hables con quien hables la conversación se repite de forma cíclica, como si fuera un bucle sin fin, hasta que inevitablemente llega ese temido momento en que sin casi darte cuenta, uno mismo acaba contagiado y comienza a pronunciar esos mismos quejidos desgastados y caducos, pasando a formar parte de una especie de melodía coral que tan sólo consiste en adoptar una actitud victimista y llorica ante un conjunto de situaciones (desesperantes muchas, pero sin mayor relevancia la mayoría de ellas) que, en cualquier otro contexto, nos deberían resultar incluso cómicas.



Y qué quieren que les diga: que todo este comportamiento de expatriado llorón venido a más me produce arcadas.



Porque la cruda realidad es que ninguno de nosotros provenimos de Neverland, a pesar de que a casi todos eso ya se nos ha olvidado.

Quiero que conste en acta que entiendo el acto de desahogo que supone quejarse de todo lo que nos rodea. Es normal cuando vives tan lejos de tus lugares y de tus gentes. Es incluso sano, joder. Es una especie de acto depurativo, en ocasiones necesario para continuar el camino y no volverse loco. Quejarse es una especie de terapia preventiva. Una válvula de escape y descompresión. Un desahogo.

Pero hasta cierto límite. 



Cierto es que China te pone contra las cuerdas y prueba tu estabilidad en cada instante. China es una lucha diaria por conservar la cordura. China coge tus expectativas y tus certidumbres, las estampa contra el suelo y las desmantela por completo minuto a minuto. China sorprende, descoloca y te obliga a redirigir tus actos una y otra vez. Sin descanso. Sin tregua. China te deja sin aliento constantemente y rara vez te permite ese respiro necesario para llenar los pulmones de aire y continuar el camino. Porque una de las cosas más importantes que aprendimos al llegar aquí es que, contrariamente a lo que pueda parecer, lo más complicado de vivir en China no es 
el idioma, las diferencias culturales o las dificultades que uno encuentra a diario para resolver una sencilla situación cotidiana a la que en tu país de origen no dedicarías prácticamente ningún esfuerzo. Todo esto no son más que pequeñas anécdotas sin importancia. Lo más difícil de vivir aquí es que la adaptación no es un proceso definido y puntual que dura un determinado período de tiempo concreto, y una vez pasado el bache uno puede descansar sabiendo que “ya te has adaptado” y todo va a seguir su curso según lo previsto. No. China no funciona así. En China, el proceso de adaptación es continuo. Infinito. Nunca puedes bajar la guardia.

Y ésta situación de constante adaptación puede resultar agotadora.

El verdadero reto es aprender a vivir no dando nada por sentado y seguir hacia adelante sabiendo que tus esquemas y tus expectativas van a verse reducidas a cenizas en el momento más inesperado.

Vivir con la certeza de que no existen las certezas.

Y es ahí donde surge la queja del expatriado. Lógica en determinadas ocasiones, pero tremendamente cansina y dañina cuando sobrepasa ciertos límites y se convierte en insulto, se focaliza en cuestiones que no tienen importancia alguna, se transforma en el monotema de los que nunca tienen nada interesante que decir y acaba siendo un amargo lloriqueo de algunos que viven molestos por todo cuanto les rodea.

Lo que hacen algunos expatriados españoles con los chinos hace tiempo que dejó de ser una queja terapéutica y sana para transformarse en una sangría indiscriminada, agresiva, violenta y cruel. Un ataque constante y despiadado contra todo un conjunto de seres humanos que también están aprendiendo como buenamente pueden a asimilar un desarrollo insostenible e inasumible que les viene demasiado grande.

A mí todo esto me aburre soberanamente y ya se me están acabando las caras ensayadas de circunstancia que suelo poner cuando los pobrecitos laowais deciden compartir conmigo sus desdichas en forma de dramáticos lamentos, ataques despiadados e insultos indiscriminados.

Que venimos de España, joder. Un país que ni siquiera ha sido capaz de garantizaros un puto futuro. Un país gobernado por mafiosos elegidos por vosotros democráticamente en las urnas, que ha aniquilado vuestros sueños y vuestras esperanzas. Un país que ha pegado una patada en el culo a toda una generación de profesionales cualificados sin dudarlo ni un instante. Sin pestañear. Sin inmutarse. Un país que se descojona día tras día de sus ciudadanos, les maltrata, les consume, les manipula, les miente y les asfixia sin pudor. Un país con una sociedad autocomplaciente, sumisa y esclava, que aplaude y premia la mediocridad mientras desprecia y rechaza la excelencia. Un país dirigido por terroristas de la peor calaña. Un país que os ha arrebatado de cuajo los derechos que tanto les costó conseguir a vuestros padres, y os ha enviado a un exilio camuflado bajo el eufemismo de un supuesto “espíritu aventurero”.
Venimos de España. Y con semejante lacra a nuestras espaldas me resulta muy difícil entender que unos cuantos escupitajos sean el mayor de vuestros problemas. Hay cuestiones mucho más importantes que os deberían quitar el sueño y activar vuestras iras. Pero claro, es mucho más sencillo centrarse en la anécdota ridícula y hacer de ella un mundo. Sin duda es mucho más cómodo.

Tengo un pequeño consejo que daros a los que habéis decidido emigrar. Si os quejáis por todo lo que os rodea, tenéis dos opciones: o lo hacéis con un poco de gracia y sentido del humor, dejando aparte los discursos victimistas, los insultos gratuitos y los lloriqueos coñazo, o lo hacéis por cosas que realmente sí que importen y no por tonterías absurdas que no van a ningún lado.

Si queréis vivir en decorados impolutos donde nada os moleste, nada manche, nada huela mal, nada sea imperfecto y nada perturbe vuestro equilibrio; si queréis vivir en un lugar donde en cada pradera ponga “prohibido pisar el césped” y de cada objeto cuelgue un puto cartel que diga “no tocar”; si vuestro mayor problema es que la gente escupa en el suelo o que se os cuelen al subir al metro; si realmente esas son razones suficientes para agredir a la sociedad que en última instancia os está proporcionando el futuro que os negaron los dirigentes de vuestro país, permitidme que os diga que no entiendo qué demonios estáis haciendo en China. 

Porque el mundo es pequeño para el que lo usa. Si no queréis mancharos las manos, haced de nuevo las maletas y amargad a otros con vuestros lamentos y vuestras faltas de respeto. Sinceramente, a mí ya me sangran los oídos de tanto escuchar vuestros lloros e insultos.

Si lo deseáis, allí está la puerta. Podéis regresar a Neverland en cualquier momento. O en su defecto a España, que es el lugar paradisíaco que os corresponde. Estoy convencido de que allí no volveréis a tener ningún problema con los escupitajos en el suelo, fundamentalmente porque allí escupirán directamente sobre vuestras caras. 

O mejor aún, sobre vuestras tumbas.

Con mucho respeto, eso sí. Siempre con mucho respeto y educación.

Que para algo provenimos de un país civilizado.