18 abr. 2014

Armaos los unos contra los otros

En el año 2010 realizamos un viaje recorriendo Israel y parte de los Territorios Palestinos que todavía aguantan la presión del ejército israelí y se mantienen dispersos por la zona de Cisjordania. No fue un viaje motivado por la fe (ya que carecemos de ella) sino por el instinto y la curiosidad viajera, pero lo que allí nos encontramos se sitúa a años-luz del nombre con el que hace mucho tiempo los hombres bautizaron a esta controvertida parte del planeta. En la Tierra Santa de nuestros días no hay lugar para el amor hacia el prójimo, sino para el odio y el egoísmo. No existe la compasión ni el respeto sino la venganza y la ira. Y esa fe que supuestamente antes movía montañas ha sido sustituida por subfusiles de asalto con mira telescópica y muros de doce metros compuestos por secciones prefabricadas de hormigón armado y alambradas de espino. Probablemente los mismos espinos que formaron aquella corona que hace dos mil años los hombres colocaron sobre la cabeza del llamado Rey de los Judíos.

Parece ser que nada ha cambiado desde aquel primer Viernes Santo.



Paseando por el interior de la ciudad vieja de Jerusalem, en uno de los rincones de la Vía Dolorosa, encontramos un establecimiento donde los feligreses podían, previo pago de una cantidad nada despreciable, alquilar una cruz y recorrer el Viacrucis con ella al hombro desde la primera hasta la undécima estación, que es el punto exacto donde la propaganda religiosa ha decidido situar el lugar en que Jesús fue crucificado. Esto, obviamente, no es sino una invención más del bochornoso marketing religioso que inunda cada rincón de los intramuros de Jerusalem ya que Jesús de Nazareth no fue crucificado en ese lugar concreto. Pero esto a nadie parece importarle en absoluto. 

El espectáculo está servido y centenares de peregrinos reproducen a diario su particular Pasión personal mientras portan sobre sus hombros una cruz falsa hecha de aglomerado, sin dejar ni un instante de tomarse fotos en cada una de las estaciones del Calvario. 


Tierra Santa es un parque temático de los sentimientos religiosos donde lo único real es la mercantilización sin escrúpulos de la fe hasta límites que rozan el bochorno. Y los peregrinos, los creyentes y los devotos no son más que groupies engorilados cuyo mayor placer reside en santiguarse mecánicamente en cada punto de la ciudad donde supuestamente Jesús apoyó su mano para ayudarse en el camino hacia su crucifixión, ya que c
uriosamente, las marcas de sus manos o las huellas de sus pies siguen perfectamente visibles sobre paredes y pavimentos empedrados después de más de dos mil años. Pero esto a nadie tampoco parece importarle en absoluto.


Sobre el suelo sagrado de la ciudad de Jerusalem, el único sentimiento palpable que existe es el odio. Un odio ciego, indiscriminado y voraz hacia las demás religiones y hacia cualquier ser humano que tenga la osadía de pensar o creer de forma diferente. La división de la ciudad, el reparto de las reliquias y los lugares sagrados, la lucha por el control del merchandising y la violencia latente entre los diferentes credos, es lo único que uno percibe en cada rincón y en cada esquina.

Un odio eterno y enfermizo hacia el prójimo, hacia sus dioses, su fe y sus creencias. Un odio que seguirá creciendo sin cesar por los siglos de los siglos, porque ningún hombre dejará jamás de derramar la sangre de otro hombre en el nombre de su Dios.

Un odio descontrolado e imposible de apaciguar debido seguramente al hecho de que algunos hombres, hace mucho tiempo, en lugar de "amaos los unos a los otros" parece ser que entendieron "armaos los unos contra los otros".

Feliz Viernes Santo.

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