20 jun. 2016

La Señora

Hay un mercado debajo del edificio donde vivo en Shanghai. Es una lonja de gran tamaño que hace las veces de mercado de barrio donde habitualmente compro fruta, verduras y hortalizas. También venden carne, pescado, cien clases distintas de tofu, huevos y otros productos, pero para comprar este tipo de alimentos suelo recurrir a otros circuitos que me parecen más confiables e higiénicos.

Acudo una vez o dos por semana a este mercado de abastos. Ya sea por rapidez, por costumbre o por una mezcla de ambas, siempre hago la compra en el mismo puesto. Es la tienda de ‘la Señora’ y la llamo así porque cuando la conocí no le pregunté su nombre y ahora, después de tanto tiempo, me da vergüenza hacerlo.

Para ella yo soy ‘el Laowai’ y para mí ella es ‘la Señora’. Y nos entendemos a la perfección.

Desde hace más de cinco años, cada vez que entro en ese mercado voy directo al puesto de 'la Señora' y ella me sonríe mientras va pesando cuidadosamente y metiendo en bolsas cada producto que le voy indicando. Patatas, puerros, vainas, zanahorias, calabaza, berenjena, espárragos trigueros, pimientos verdes y rojos, setas y champiñones, jengibre, cebollas, ajos, coliflor, brócoli, apio y esas verduras chinas que tanto me gustan, aunque ni siquiera sé cómo se llaman.

Generalmente ‘la Señora’ y yo hablamos poco.

Yo le voy diciendo en chino el nombre de lo que quiero comprar y ella corrige amablemente mi pronunciación. Con el tiempo he ido ampliando mi vocabulario y he aprendido el nombre de algunos de estos alimentos, pero nunca consigo poner los tonos en el lugar adecuado. Los nombres de los otros productos, concretamente de la mayoría de ellos, no me los aprendo ni a tiros. No es una cuestión de vagancia, creedme. Es simple economía mental.

Lo que hago para comprar las verduras y hortalizas que no sé cómo se llaman es señalarlas con el dedo mientras le digo a ‘la Señora' en un perfecto chino: ‘Quiero dos/tres/cuatro de estos, por favor’. Automáticamente ella los coloca en la báscula mientras me dice varias veces su nombre a fin de que me lo aprenda. Yo lo repito sonriendo aunque soy consciente de que menos de diez minutos después lo habré olvidado. Ella lo sabe, pero jamás ha dejado de darme esas mini-clases de vocabulario mientras hago la compra en su pequeño local.

Como decía antes, aparte de estas charlas rutinarias que ni siquiera llegan a la categoría de conversación, ‘la Señora’ y yo hablamos muy poco.

Hasta hace un par de meses.

Un día como otro cualquiera, estaba realizando mis compras semanales en el puesto de 'la Señora’ y ella comenzó a hablarme sin parar. Pero esta vez no era como las anteriores. No se limitaba a repetir vocablos en chino relacionados con los alimentos que vendía en su tienda. En esta ocasión no estaba intentando enseñarme el nombre de una hortaliza para ver si por fin me lo aprendía para siempre. ‘La Señora’ pronunciaba sentencias complejas y frases largas mientras buscaba desesperadamente alguna confirmación gestual por mi parte que la diese a entender que estaba comprendiendo la información que intentaba transmitirme.

Sinceramente, no tenía ni la más remota idea de lo que quería decirme, pero parecía muy importante para ella. Así que tuve que poner a funcionar los cinco sentidos para tratar de desmenuzar mentalmente todas aquellas sentencias incomprensibles y darles una cierta coherencia que clarificase parte o la totalidad del contenido.

Tras unos instantes de máxima concentración conseguí descifrar los siguientes términos: ‘la semana que viene’, ‘fuera’, ‘mira’, ‘en el exterior’ y ‘soy el número 35’.

Intenté sin éxito rellenar los espacios en blanco con secuencias léxicas imaginarias para tratar de completar el jeroglífico, pero no era capaz de poner en un contexto coherente toda aquella terminología incompleta y así resultaba del todo imposible saber de qué me estaba hablando.

Y ‘la Señora' seguía insistiendo. Mucho. No tenía intención de rendirse.

'Piensa, joder… piensa. ¿Qué demonios te está intentando decir? Uniendo las palabras ya descodificadas y observando cuidadosamente su lenguaje corporal, ¿qué porción del mensaje puedo llegar a descifrar?'

Recapitulemos y volvamos a empezar. Veamos: Algo que me resultaba indescifrable iba a ocurrir 'la semana que viene'. Otra cosa (o quizá fuera la misma cosa) iba a suceder paralelamente, no en el interior del edificio, sino ‘fuera'. En la calle. La Señora iba a estar ‘en el exterior’ y por alguna razón, todavía incomprensible, le habían asignado 'el número 35’.

'¿Debería 'mirar’ allí fuera y buscar ese número para encontrar su tienda?'

Estaba claro que ‘la Señora’ quería transmitirme la manera de localizar su local en una nueva ubicación. El rompecabezas se iba resolviendo poco a poco según cada pieza iba colocándose en la posición adecuada. Tenía resueltas algunas partes, pero necesitaba encontrar un contexto lógico que le diera sentido al todo. ¿Por qué narices iba a cambiar de sitio su punto de venta habitual para pasar a estar en la calle?

Miré instintivamente a mi alrededor tratando de localizar alguna señal que me ayudase a comprender el motivo final de todo aquello.

‘Venga. Tú puedes. Lo has hecho miles de veces. Veamos: Hay más barullo que el habitual. Está todo más desordenado y sucio que cualquier otro día. El suelo está cubierto de polvo. Hay unos cuantos puestos vacíos y algunos mercaderes están apilando cajas en los pasillos. ¿Se están mudando? Hay unos sacos amontonados en una esquina y las marcas del suelo indican que los están arrastrando desde la calle. Entra un grupo de hombres vestidos con un mono azul. Vale. Son sacos de cemento’.

Por fin estaba todo aclarado. Cambié a off el habitual modo ‘Lost in Translation’ en el que vivimos y sonreí satisfecho. Tampoco hay que ser Hercules Poirot para averiguar que iban a reformar el mercado y a fin de evitar que las decenas de mercaderes que trabajan allí estén sin recibir ingresos durante los meses que duren las obras, les iban a trasladar a la calle de manera temporal. No hay que ser un Sherlock Holmes de la vida para deducir que al puesto de ‘la Señora’ le habían asignado el número 35 y que ella estaba preocupada por perder clientes si no encontraban su nueva ubicación.

Elemental, querido Watson.

++

Durante los siguientes días comenzó el montaje de un mercado provisional en mitad de la calle. Carpas, cuerdas, toldos, plásticos y unos cuantos mostradores de madera bastante rudimentarios comenzaron a alinearse en el exterior del mercado original, ocupando una zona pública donde la acera se ensancha de manera considerable. Los puestos se situaron a los lados de forma lineal, dejando un estrecho pasillo central que trataba a duras penas de cumplir una doble función: por un lado servía como zona pública de paso y por otro como área de venta para los clientes habituales. Dos flujos excesivamente contradictorios y complejos para confluir en ese insuficiente espacio residual que quedaba entre los efímeros puestos. 

Por si todo esto fuera poco, cada tarde de primavera este lugar es colonizado por cientos de mujeres residentes en el barrio para realizar unos ejercicios de mantenimiento con forma de coreografías de baile, muy habituales por este lado del mundo. Así que, en lugar de ocupar la zona al completo para ganar amplitud en la estructura de la nueva plaza de abastos, los mercaderes se vieron obligados a dejar libre una buena parte del espacio público disponible para preservar el incuestionable derecho a bailar de los vecinos.

Parece ser que inicialmente ninguno de los mercaderes era partidario de llevar a cabo aquella reforma pero fueron obligados por los dirigentes locales alegando cuestiones tales como la mala imagen que daba el mercado antiguo al barrio y la falta de higiene de algunos de los puestos. Y ahora que ya estaban asentados en el exterior, comprobaron de primera mano que sus temores no eran infundados.

El nuevo mercado temporal era del todo insuficiente en comparación con el original. Era incómodo, hacinado, sucio y desorganizado.

Era, en definitiva, un caos absoluto.

Los mercaderes se quejaron enérgicamente, dando lugar a una serie de pequeños incidentes con las autoridades competentes y con los encargados de la seguridad de los complejos residenciales vecinos. Estaban muy molestos por el incordio de haber abandonado su confortable y climatizado asentamiento interior para cambiarlo por la incómoda y descuidada calle. Así mismo, estaban muy preocupados por las pérdidas económicas que sin lugar a dudas iba a suponer el traslado. Los días de lluvia y de viento, muy habituales en Shanghai en estas fechas, les obligaría a tener que cerrar los puntos de venta perdiendo cualquier opción de negocio. El suministro de alimentos a los puestos era además una misión casi imposible debido a la falta de espacio. Por esa misma razón, el almacenaje también resultaba muy complicado, así que se verían obligados a acumular el stock en improvisadas furgonetas mal aparcadas en Wuding Road y a reponer los productos de manera constante y sin descanso. 

Cada día, al terminar la jornada, deberían recoger todo el tinglado (exceptuando las carpas provisionales y los mostradores) para evitar robos o daños en sus pertenencias. Y por si todo lo anterior fuera poco, sabían a ciencia cierta que iban a perder muchos clientes. Teniendo en cuenta la caótica situación derivada de colocar el nuevo enclave en una zona pública de paso donde se mezclaban motos, bicis, peatones y clientes, parecía lógico pensar que muchos de estos últimos optarían por ir a comprar a cualquier otro mercado local de los muchos que se pueden encontrar en el distrito de Jing’an Temple.

En resumen: todo mal.

Desterrados temporalmente de su ubicación original, ninguno de los mercaderes dudaba ya del hecho incuestionable de que aquellos meses iban a ser probablemente los menos rentables de sus vidas.

Se equivocaron de lleno con su predicción.

Han pasado ya casi dos meses desde aquella conversación con ‘la Señora’ y a pesar de que la obra está prácticamente terminada, nadie quiere regresar al interior del edificio para estrenar sus nuevos y relucientes puestos. Y es que en ocasiones, el caos y la incertidumbre son muy rentables. A río revuelto, ganancia de pescadores, como suele decirse.

Resultó que el traslado temporal a la calle fue lo mejor que les había ocurrido en años. Todo lo que en principio parecía conducir a un desastre asegurado derivó en situaciones maravillosas e inesperadas. Por multitud de razones, el negocio nunca había sido más fructífero. Pese a haber dado comienzo la 'rainy season’, este año no estaba siendo especialmente lluvioso. Tampoco el temido viento había hecho acto de presencia. Pero lo mejor de todo fue la falta de espacio, el hacinamiento y el caos. Precisamente debido al pequeño tamaño del pasillo que dejaron entre los puestos, las ventas se habían triplicado. A los clientes habituales se sumaron los esporádicos. Es un sitio de paso, por lo que muchos transeúntes que iban de camino a sus casas o a sus trabajos aprovechaban para hacer alguna compra. No había que perder tiempo entrando dentro del edificio, buscando un puesto y esperando cola, sino que directamente podían pasar por allí caminando o subidos en sus bicicletas o sus motos eléctricas y hacer la compra en la tienda en la que menos tuviesen que esperar. Sin ni siquiera tener que bajarse de la moto.

Contrariamente a lo que los mercaderes pensaron en principio, la nueva ubicación no había hecho sino incrementar de manera escandalosa la facilidad y la inmediatez de las transacciones comerciales. De igual manera, el caos reinante en los escasos 50 metros de longitud que tenía el nuevo mercado, se había convertido involuntariamente en una herramienta de marketing tremendamente efectiva. Tanto desde el otro lado de la calle como desde otras adyacentes, cualquiera podía percibir el barullo de esta zona y resultaba inevitable que muchos se acercasen a cotillear. Y ya de paso, a hacer alguna que otra compra.

Como ocurre muchas veces en la vida, aquello que en principio parecía ser el fin, derivó en un inesperado y provechoso inicio.

En resumen: todo mejor que bien.

Desconozco el plazo que les han fijado a los mercaderes para que desalojen la calle en la que han desarrollado sus trabajos durante los pasados meses, pero supongo que en unos días tendrán que regresar a su ubicación oficial. Ahora ninguno de ellos quiere abandonar la calle. Nadie quiere regresar al lugar al que pertenecen y del que nunca se quisieron mover. Pero es hora de que lo efímero haga honor a su nombre y deje de existir o mejor dicho, se transforme en otra cosa.

Es hora de mover los bártulos y recuperar esa normalidad que ahora suena tan irreal y tan lejana.

++

Ayer por la tarde ‘la Señora’ estaba triste. Esa señora que siempre sonríe dejó de hacerlo por unos instantes e hizo un esfuerzo para contener las lágrimas mientras colocaba sobre la báscula esas verduras chinas que tanto me gustan aunque ni siquiera sé ni cómo se llaman. Esta vez no dijo ni una sola palabra. Ni tan siquiera me repitió varias veces su nombre en chino para intentar sin éxito que lo memorizase. 

Su mente estaba en otro lugar. 

Tenía la mirada apagada. Ausente. Vacía. De vez en cuando inspeccionaba por el rabillo del ojo a los operarios que estaban colocando el cartel luminoso del nuevo mercado ya reformado y acto seguido me miraba fugazmente a los ojos sin pronunciar ni una sola palabra. Como si estuviese esperando por mi parte un gesto o una frase que aliviase sus incertidumbres.

Yo no sabía qué decir. Y en el supuesto caso que hubiese sabido qué decir, tampoco habría sabido cómo decírselo. Pero era uno de esos extraños momentos en los que, sin saber muy bien por qué, toca dar un paso al frente y pronunciar unas breves palabras de ánimo.

Así que, en un perfecto español, dije:

'Quizá esto no sea tan malo. Quizá se repita la historia como ya pasó hace un par de meses y lo que ahora le parece horrible acabe siendo todo lo contrario. Como ocurre casi siempre’.

Y a pesar de no haber entendido ni una sola palabra, ‘la Señora’ dejó escapar una tímida sonrisa y me pasó por encima del mostrador la bolsa con esas verduras chinas que tanto me gustan.

Aunque ni siquiera sé cómo se llaman.

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