20 feb. 2017

Liù



Os juro que teníamos un plan. Todo el mundo tiene uno. Los conservadores, por supuesto que lo tienen. Los aventureros, lo tienen. Incluso los que dicen que a ellos lo que les gusta de verdad es improvisar sobre la marcha y no planificar nada, también tienen un plan. Y es que no hay nada que nos asuste más a los seres humanos que lanzarnos al abismo de lo desconocido sin una hoja de ruta básica, aunque sólo sea para incumplirla punto por punto.

Porque para poder incumplirla, necesitas tenerla. Y porque incumplirla, en el fondo, también forma parte del plan.

Siempre hay un programa. Un proyecto. Un planning. Y os aseguro que nosotros también teníamos uno que, a rasgos generales, fijaba la estancia mínima en China en aproximadamente 6-8 meses si todo salía mal y en un máximo de 2 años si todo salía bien.

Bueno, pues han pasado seis años.


Una vez más hemos vuelto a hacer añicos todas las previsiones basadas en una meticulosa planificación que creíamos infalible. Y digo 'una vez más' porque no es la primera vez que ocurre. Tenemos amplia experiencia en estos menesteres.

Aproximadamente ocho meses antes de aterrizar en Shanghai con la intención de quedarnos a vivir una temporada, decidimos hacer un viaje para recorrer China durante algo más de un mes. Era agosto de 2010 y para entonces ya teníamos claro que queríamos cerrar temporalmente nuestra vida en Madrid para emigrar a un país asiático, pero todavía no sabíamos exactamente cuándo hacerlo ni cuál sería el destino elegido. Nos hacía falta un pequeño empujón para lanzarnos al vacío. Ese último y decisivo paso que generalmente es el más difícil de todos.


Y nos fuimos de viaje.

Antes de partir fijamos un itinerario aproximado para poder organizar un poco los días y precalcular las zonas que podríamos ver en función del tiempo del que disponíamos. Necesitábamos un plan, como ocurre siempre. Y también como ocurre siempre tuvimos que incumplirlo en repetidas ocasiones sobre la marcha. Durante aquel verano la zona centro del país se vio afectada por unas fuertes lluvias, y cuando alcanzamos el meridiano del viaje, la única alternativa que encontramos para continuar hacia adelante suponía coger un vuelo que nos llevase directamente hasta el otro extremo de China, evitando así las regiones afectadas por las tormentas.


Chequeamos todos los posibles vuelos internos y elegimos un destino que se ajustase a nuestro escaso presupuesto. El plan inicial había mutado y sin saber muy bien cómo, acabamos en un lugar llamado Zhangjiajie. Una Reserva Natural de la Provincia de Hunan de la que jamás habíamos escuchado hablar hasta aquel momento.

Tras unos días de trekking por las montañas vimos que ya habíamos entrado casi en la última semana del viaje. Tocaba comenzar el largo descenso hacia el sur pero estábamos demasiado cansados como para meternos en un autobús-litera esa misma noche. Así que decidimos quedarnos a dormir en un Youth Hostel fuera del Parque Natural y emprender el camino a Hong Kong a la mañana siguiente.


Estábamos exhaustos. Hicimos el check-in a toda prisa, y nos disponíamos a subir a la habitación cuando de pronto vimos un ordenador junto al mostrador de recepción sobre el que colgaba un pequeño cartel que anunciaba: ‘Free Internet'. En aquel año todavía no teníamos smartphones, ni Whatsapp, ni Facetime, ni WeChat, ni nada por el estilo, por lo que las comunicaciones las llevábamos a cabo bien desde hostales y cibercafés o bien a golpe de ese-eme-ese a precio de barril de Brent. Teniendo en cuenta que las noches siguientes íbamos a tener que dormir en autobuses o trenes nocturnos y en refugios de montaña de la zona de los arrozales de Longsheng, era más que probable que aquel fuese el último ordenador con internet que viésemos hasta llegar a Shenzhen. Por ello y a pesar del cansancio, quisimos dedicar unos minutos a enviar un mensaje a nuestros padres para mentirles una vez más diciéndoles que todo iba ‘according to the plan'.

En aquel momento no sabíamos quiénes eran, pero de pronto entraron en escena Mónica y Óscar.

Eran una pareja de madrileños algo más jóvenes que nosotros que vivían en Shanghai desde hacía algunos años y que se encontraban viajando aquellos días por China con unos familiares que habían ido de visita. El encuentro fue fortuito. Nosotros estábamos escribiendo un correo electrónico y ellos llegaron a recepción a coger las llaves de su habitación. Llevábamos varios días sin cruzarnos con ningún laowai y al escucharles hablar les saludamos y nos fuimos juntos a tomar unas cervezas al bar del hotel.

En ese breve tiempo que compartimos, aquellos perfectos desconocidos nos ayudaron más de lo que jamás podrán llegar a imaginar. Nos contaron cómo era vivir en Shanghai. Nos hablaron de lo que les decían sus amigos arquitectos afincados allí. Nos animaron a dar el paso de irnos a China a buscar trabajo, como habían hecho ellos unos años atrás. Nos tendieron una mano amiga sin conocernos de nada. Y sin necesidad de decirlo con palabras, consiguieron calmar nuestros miedos transmitiéndonos el siguiente mensaje: ’Tranquilos, chicos. No vais a estar solos’.

Gracias a ese cúmulo de pequeños imprevistos y casualidades acabamos en aquel remoto hostel de Zhangjiajie y conocimos a las personas que nos dieron el empujón que necesitábamos para saltar al vacío. Gracias a esa suerte de planes incumplidos y modificados dimos con unos desconocidos que hoy en día son parte de nuestra pequeña gran familia shanghainesa.

Porque cuando vives tan lejos de tu familia, los buenos amigos son tu familia. Cuando vives tan lejos de tu hogar, los buenos amigos son tu hogar.

Y es que la vida se compone de una sucesión constante de planes incumplidos. Una fantástica colección de modificaciones, tachones, correcciones y borrones. Un garabato que cambia de forma con cada planning que arrancamos de nuestro cuaderno de notas para romperlo en mil pedazos y tirarlo a la basura. Porque la realidad es que todos estamos aquí improvisando un poco sobre la marcha. Fallando y ajustando el rumbo sin saber muy bien qué demonios estamos haciendo. Elaborando planes que necesitamos tener para poder vivir, para acto seguido reducirlos a cenizas, poner todo patas arriba y cambiarlos por completo hasta hacerlos irreconocibles.

En uno de sus poemas, Goethe decía que no existe nada más depresivo que una sucesión interminable de días soleados en los que todo es maravilloso y no ocurre absolutamente nada. Y tiene razón. Porque no hay nada más terrible en la vida que una vida perfecta. Sin problemas. Sin asperezas. Sin altibajos. Sin planes rotos. Sin millones de mierdas con las que lidiar.

Porque no hay nada peor en esta vida que el aburrimiento.

Hoy se cumplen seis años desde que llegamos a China y lo único que podemos decir con total seguridad es que no ha habido apenas días aburridos. Ni soleados. Y creo que es precisamente por eso por lo que hemos sido tremendamente felices aquí.

En este tiempo ha habido muchos cambios. Tantos que resulta casi imposible recordarlos uno por uno. Pero invariablemente durante estos seis años, lo primero que veíamos cada mañana al despertarnos y cada noche al irnos a la cama ha sido ese paisaje que muestra la foto con la que hemos ilustrado el post. Todo ha cambiado menos eso. Esa vista ha sido día tras día el faro que ha iluminado nuestros pasos para ayudarnos a no chocar contra las rocas. Apaciguando a los monstruos y calmando la sed de nuestros demonios internos. Porque nuestra casa siempre ha estado allí. Estática. Inalterable. Inmóvil. Porque ese ha sido nuestro único punto fijo y estable en esta ciudad en permanente cambio. Porque ese ha sido nuestro hogar.

Tal día como hoy hace exactamente seis años llegamos a Shanghai para quedarnos un tiempo. No sabemos lo que ocurrirá este año. No sabemos ni siquiera lo que ocurrirá mañana.

Pero tranquilos. No hay que preocuparse de nada.


Tenemos un plan.

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